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El rencor

Definición de rencor

El rencor es una ausencia de perdón, y es por tanto una elección errónea, dado que ante una situación donde pudimos escoger paz escogimos rencor. 

Escoger paz no quiere decir en absoluto que no podamos ser contundentes a la hora de poner un límite, exigir un derecho propio, o ser autoexigentes.

El rencor en la pareja

Supuestamente, una relación de pareja es un intercambio entre dos personas que se aman, y comparten gran parte de sus vivencias.

Cualquiera que haya convivido en una relación de pareja, conoce que las relaciones pasan por momentos muy intensos, tanto en sentido agradable, como desagradable, y en el caso de tener hijos, aún aumenta más dicha intensidad.

En este ir y venir de lo agradable a lo desagradable, solo hay algo que puede mantener la unión viva, ante las vicisitudes, y ese algo es el amor.

El rencor es uno de los sentimientos que se manifiesta cuando el amor está ausente, y por lo tanto, es una señal y a la vez es un parásito en una relación, ya que puede producir rupturas o momificaciones conyugales.

En ocasiones existen relaciones que se mantienen unidas por el miedo, o por automatismos conductuales. En estos casos la pareja suele mantenerse, pero en un estado de apatía e indiferencia, pareciendo más una momificación que un ente vivo.

Pensar que sentir rencor hacia nuestra pareja respecto a una situación concreta no afecta al resto de la relación es un gran error. 

El rencor se retroalimenta a sí mismo, y se manifiesta en reacciones, pensamientos, conjeturas, dudas, en situaciones de la pareja que aparentemente no guardan relación con aquello por lo que se guarda rencor.

¿El rencor es malo?

El rencor es una forma de asegurarnos malestar emocional y físico a nosotros mismos. Lo que ocurre es que dada nuestra incompleta visión de la realidad, no siempre encontramos relación entre rencor y malestar.

Imagine poner una foto de alguien a quien guarda rencor, en su mesa ante usted una semana durante desayuno, comida, y cena.

Ahora imagine que durante una semana usted desayuna, come y cena con los ojos vendados en silencio, siendo consciente de cada mordisco, de cada traza de sabor y de la salivación del alimento, sin pensar en absolutamente nada que no sea el proceso de comer.

El simple hecho de leer esto ya le ha producido dos sensaciones emocionales diferentes, una de ellas tiende a una sensación de expansión, y la otra a contracción.

¿Cuál de las dos situaciones intuye que contribuye a generar contracturas cervicales, o acidez estomacal?

¿Con quién preferiría compartir camarote en un crucero? ¿Con una persona que siente rencor, o con una persona que ha perdonado?

Que ha perdonado, lo refiero, como que ahora puede ver error, donde antes veía culpa.

Odio y rencor hacia uno mismo

Al rencor se le atribuye emisor y receptor, tal como si fuese una flecha que saliendo del arco se clava en la diana.

Se suele hablar de rencor cuando la falta de perdón se proyecta sobre algo o alguien, pero en cambio le llamamos culpabilidad cuando lo proyectamos sobre nosotros mismos.

El rencor se enfoca pero no es direccionable, no tiene un punto de salida y uno de llegada como una bala disparada desde un arma.

Esto quiere decir que se expande en todas las direcciones, de forma análoga a las ondas que produce en el agua una piedra lanzada en el centro de un estanque.

Una vez aclarado esto debemos ser conscientes de que rencor y culpa son una misma cosa.

Por lo cual, cuando nos sentimos culpables nos generamos malestar a nosotros mismos y a las personas del entorno, y cuando sentimos rencor, lo generamos a las personas del entorno, y a nosotros. Tanto monta, monta tanto.

Una evidencia de esto es cuando se tiene rencor enfocado a una persona ya fallecida. 

En este caso es especialmente evidente, que el rencor repercute directamente sobre nosotros mismos, reduciendo nuestros niveles de armonía emocional. 

Todo lo que pasa por nuestra mente se refleja en el cuerpo. 

Cuando estamos tristes o ansiosos, y no encontramos realmente un motivo, uno de los primeros puntos que revisar es si conservamos rencor/culpabilidad en nuestro interior. 

Para ello es muy importante conocer la sutilidad del mecanismo del autoengaño, pues tiende a despistarnos del acceso a nuestras emociones sin resolver, con la intención bienintencionada, pero errónea, de evitarnos el dolor emocional que se producirá durante el proceso de su resolución.

Cómo ya he dicho, el rencor se enfoca, pero no es direccionable, lo que sí ocurre es que cuando está enfocado hacia otra persona solemos expresarlo y esto nos reduce tensión en ocasiones.

En cambio cuando es hacia nosotros mismos solemos silenciarlo, lo cual suele dar paso a un sentimiento aún más destructivo; la vergüenza, que combinada con el rencor inicia un proceso de retroalimentación conductual y mental, a la vez que de malestar físico, que crece como una bola de nieve rodando en nieve blanda.

Cómo superar y gestionar el rencor

Imagine que le atropella un coche en un paso de cebra, y le rompe el fémur. 

Si el conductor se da a la fuga, usted lo vivirá probablemente con rencor y quizá valore al conductor como culpable.

En cambio si el conductor se baja a auxiliarlo y asume la responsabilidad, es posible que lo viva con mucha más armonía, y que valore a ese conductor como equivocado, y no como culpable.

En ambos casos el fémur está roto, pero incluso me atrevería a decir, que vivirlo con armonía puede contribuir en positivo para la curación del hueso.

Aquel que produce daño puede verse como culpable o como equivocado.

Ambas parecen ser lo mismo, y aquí queda evidencia de lo ambiguo que puede resultar el lenguaje. Existe una gran diferencia, pues una opción nos orienta a la paz y la otra al rencor.

Quien pone el adjetivo de culpable o equivocado, es en última instancia, uno mismo, y quien vive las consecuencias de poner uno u otro adjetivo, somos nosotros, y aquellos con los que nos relacionamos.

Para ver error en vez de culpabilidad, es necesario entender que aún el acto más despreciable, tiene como fin encontrar paz. 

Imaginemos que yo siento una necesidad de hacer daño o manipular a alguien, pero algo en mí me dice que eso es incorrecto, o que me puede causar problemas con la justicia, y decido reprimirme.

El caso es que esa necesidad de hacer daño o manipular no se acalla, y sigue tirando de mi.

En una circunstancia concreta se dan las condiciones para poder llevar a término esa necesidad de manera impune, y mi idea de que es inadecuado hacerlo, pierde fuerza ante mi impulso a realizarlo.

En esencia lo que busco es satisfacer un impulso. Un deseo que no me permite estar en paz. O incluso creer que manipulando a dicha persona la estoy ayudando, lo cual nos aportará paz a ambos, o que al manipularla yo podré ganar ventaja en la consecución de mi propio objetivo que me aportará bienestar y con ello mi propia paz.

Incluso en ocasiones estamos seguros de que lo hacemos por el bien de la otra persona, o que está totalmente justificado.

 El caso es que una vez realizado, puede ocurrir que esa paz sea demasiado breve, e inestable. 

O dicho de otra manera, tras un acto despreciable, o inadecuado, hay una persona buscando la paz, pero por el camino equivocado.

Esto no quiere decir que no tengamos que protegernos de ciertas conductas, o que no haya que poner límites, o comunicar nuestras necesidades. 

Simplemente se trata de escoger tener paz, pues es la paz el norte en la brújula de la emoción equilibrada, y por lo tanto el punto de referencia sobre el que orientar nuestra existencia.

¿Acaso no se puede poner un límite, imponer un castigo, o incluso propinar un cachete a una hija sin por ello dejar de sentir un profundo respeto y amor por ella?

O como dijo Nietzche: siéntete orgulloso de tu enemigo.

Me dicen que soy una persona rencorosa

Si personas que no se conocen entre sí, me manifiestan tal afirmación, es importante poner estudio sobre esa característica desde un posicionamiento constructivo y funcional.

 No se trata de empeorar el rencor con culpabilidad o vergüenza, pues esto aún sería peor para nosotros y nuestro entorno.

En ocasiones, guardar rencor es una manera de inmovilismo, de justificar nuestro miedo a ejercer nuestra libertad, y asumir la responsabilidad de nuestra vida, aceptando la incomodidad e incertidumbre que intuimos aparecerá durante el proceso de ser nosotros mismos.

Esto nos acaba convirtiendo en víctimas, y caemos en un discurso que acaba siendo un híbrido de furia y tristeza, que no son más que dos caras de un mismo miedo. 

El miedo a ser responsables de nuestra vida, de dejar de ser lo que nos pasó, y empezar a ser lo que hago para aprender de ello. 

El miedo a la incertidumbre que se genera al comenzar a dejar marchar a las cosas muertas, y aprender a observar el instante para encontrar la vida en él.

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